Por Cristina Solano, periodista usuaria de Adacen.
Llevo unos meses dándole vueltas a un hábito que tenía en mi vida antes del Daño Cerebral, y cada vez que lo pienso me da ganas de darme un “cogotón” por lo inconsciente que era. Pues señores y señoras lectores, la aquí firmante tenía la costumbre de buscarse preocupaciones cuando no tenía motivo para estar preocupada, y ahora que lo pienso me dan ganas de decirle a mi mamá que me dé un “tortón a mano abierta”. Merecido lo tengo.
Salía de trabajar preocupada de si había hecho bien o mal mi trabajo, aunque mi jefe me lo hubiera dado por bueno. Si consolaba a una amiga, luego dudaba de que le hubiera dicho las palabras idóneas que ella necesitaba en ese momento. Siempre con dudas, siempre preocupada.
Realmente después de haber sufrido un ictus, esta reflexión me hace ver que las preocupaciones anteriores no eran tan importantes, incluso me parecen mínimas. Entiendo a quienes las puedan tener ahora mismo, pero, desde mi nueva mirada, no son para nada importantes.
Del ictus he aprendido muchas cosas, entre ellas a disfrutar de la vida, a sacarle chispas a cada persona con la que estoy, a cada conversación que mantengo. A cada ratico, a cada momento, a relativizar y a vivir sólo lo importante, que generalmente es lo relativo a mi familia y a mis amigos y amigas. Mi amor ha crecido exponencialmente.
Si yo hubiera sabido esto antes, me hubiera planteado si mis preocupaciones eran tan importantes como para amargarme un café con mis amigas o para perderme una comida familiar o dejar de ir a una cena. Seguro que todas esas preocupaciones no merecían la pena. Ahora soy mucho más feliz. Mi vida ha mejorado mucho (manda narices que haya tenido que pasar por un ictus para darme cuenta)
Salía de trabajar preocupada de si había hecho bien o mal mi trabajo, aunque mi jefe me lo hubiera dado por bueno. Si consolaba a una amiga, luego dudaba de que le hubiera dicho las palabras idóneas que ella necesitaba en ese momento. Siempre con dudas, siempre preocupada.
Realmente después de haber sufrido un ictus, esta reflexión me hace ver que las preocupaciones anteriores no eran tan importantes, incluso me parecen mínimas. Entiendo a quienes las puedan tener ahora mismo, pero, desde mi nueva mirada, no son para nada importantes.
Del ictus he aprendido muchas cosas, entre ellas a disfrutar de la vida, a sacarle chispas a cada persona con la que estoy, a cada conversación que mantengo. A cada ratico, a cada momento, a relativizar y a vivir sólo lo importante, que generalmente es lo relativo a mi familia y a mis amigos y amigas. Mi amor ha crecido exponencialmente.
Si yo hubiera sabido esto antes, me hubiera planteado si mis preocupaciones eran tan importantes como para amargarme un café con mis amigas o para perderme una comida familiar o dejar de ir a una cena. Seguro que todas esas preocupaciones no merecían la pena. Ahora soy mucho más feliz. Mi vida ha mejorado mucho (manda narices que haya tenido que pasar por un ictus para darme cuenta)
